Les Pensantes

Revista Digital Número 13 / Enero 2010  Mi Vida Como Lesbiana

  Revista Digital Número 13 / Enero 2010

Mi vida como lesbiana

mi vida como lesbiana

Capítulo 5 – Encuentros en la tercera fase

Qué hace una chica como tú
En un sitio como este
Qué clase de aventura
Has venido a buscar
Los años te delatan nena,
Estás fuera de sitio
Vas de caza,
¿A quién vas a cazar?
Burnirng - ¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste?

Mi vida cambió una noche de invierno, en la que fui a buscar a una amiga al servicio de voluntariado al que estaba apuntada y nos fuimos todos en panda a tomar algo. Entre los acompañantes había una chavala que destacaba mucho. De entrada, hasta que no la oías hablar, podías confundirla con un chico… luego estaban los juegos "de peleas" entre ella con los otros chicos; la pedazo de moto que conducía y por último, la novia que tenía. Era una lesbiana lo que tenía frente a mis narices… y de entrada, no me gustó mucho lo que vi. Después me enteré de que su noviazgo era un escándalo. Como si de una leyenda se tratase, me enteré de que aquella chica había "seducido" a una hetero, que no se escondía ni se arrepentía de ello y que le encantaba exhibirse con ella de la mano por todas partes. La novia ahora tenía problemas con su familia y de alguna manera había "caído" en desgracia, ante los ojos de los demás.

Todo aquello encajaba con las diabólicas historias que yo había visto circular durante muchos años, quizás alentadas por las pintorescas teorías de Freud, quien dividía a las lesbianas en "verdaderas" y "falsas". Las verdaderas eran mujeres híbridas, mezcla de macho y hembra, a quienes les gustaba tomar la iniciativa, seducir a púdicas doncellas y ocupar el lugar del hombre en todos los aspectos vitales, ayudándose incluso con penes falsos donde la naturaleza no llegaba.

Las pseudolesbianas eran unas pobrecillas mujeres confusas, buenas chicas en su mayoría, que conservaban su aspecto femenino y que habían caído en las redes de las machorras quién sabe a través de qué artimañas. Estas almas de cántaro eran "recuperables" si daban con el hombre adecuado que las rescatase del encantamiento, o a base de electroshocks, en caso de que el príncipe tuviera al caballo en el taller.

Bueno, pues a la fecha de entonces, aquella era toda la información de la que disponía acerca de las lesbianas. Y yo no me veía encajada en ellas. Tampoco me veía dentro del tipo de pareja que hacían aquellas lesbianas "mayores" a las que conocía. Estaba hecha un lío.

Aquella chica mostró interés por mí. Y me invitó a ir a una discoteca de ambiente que estaba en el centro de la ciudad. Ahora hay relaciones públicas que reparten flyers por todas partes a la que cae la noche; los locales se ven a la legua y se anuncian en la Guía del Ocio, pero por entonces ir a un bar de ambiente era un poco… "clandestino". Tampoco me plantaron ante una puerta cerrada con mirilla, pero vamos, que aquel local tanto podía ser un club de striptease como un bar para camioneros solitarios.

Y entré. Las piernas me temblaban. Según mis cálculos, una riada de mujeres lascivas se me echarían encima, me sobarían por todas partes y meterían sus lenguas en mi boca… y yo saldría de allí "hecha toda una mujer" (jajaja)…

Pero qué decepción. Entré y había un ambiente normal, con gente bailando (casi todos eran chicos gays) y gente ligando. Nadie reparó en mí, carne fresca e inexperta. La mayoría de las mujeres me llevaban unos diez años (era normal: la entrada no había sido precisamente barata, así que no era apta para bolsillos de estudiante), así que pasaban de una niñata como yo. Los únicos a los que les interesé fueron a los gays danzarines, que me tuvieron bailando toda la noche. De vez en cuando echaba algún vistazo de reojo a algunas de las mujeres que había por ahí… y había de todo. Las chicazos, sí, pero también las hippies y las femeninas de melenas leoninas; mujeres normales que pasarían desapercibidas en su entorno, pero con "algo" extra que hacía que no te las pudieras imaginar con un hombre.

La noche acabó, me fui a casa. Y volví en alguna otra ocasión en la que mi bolsillo me lo podía permitir. Años más tarde, cuando escuché el relato de alguna que otra hetero escandalizada que asistió a algún pub de ambiente y se quejaba de que las lesbianas se le tiraban encima, le contesté: "Joer, qué suerte. Ya me dirás dónde fue eso, que yo también quiero ir. "

Qué mala es la vanidad insatisfecha.

Eloise Barry

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