Revista Digital Número 13 / Enero 2010
Durante mucho tiempo estuve convencida de que la homosexualidad era un mecanismo de la naturaleza para subsanar los problemas de las elevadas tasas de natalidad humanas.
Estaba firmemente convencida de que un planeta hirviendo de humanos había desarrollado, así como lo hizo con la selección natural, una vía para frenar el crecimiento de una especie caracterizada por no tener a nadie por encima suyo en la cadena alimenticia que controle su expansión.
Me imaginaba que esto debería estar aconteciendo, ya que los humanos tendemos a comportarnos como una plaga, instalándonos en un lugar sin abandonarlo hasta no haber conseguido la extinción de sus recursos y, porque en muchas de las zonas que habitamos crecemos de forma descontrolada. Normal que la madre naturaleza, que es sabia, quiera frenar nuestro crecimiento antes de que nosotros terminemos de cargarnos la capa de ozono y el resto de las especies sobre la faz de la tierra.
Sin embargo, mi teoría, que antaño funcionaba muy bien, vino a ser echada por tierra gracias al actual boom de familias homoparentales. No es lógico pensar que si somos una medida de control natural de la natalidad andemos medio desquiciados por convertirnos en padres y madres. Sobre todo porque en el caso de las mujeres, una gran mayoría de nosotras ve con ilusión el poder ejecutar la capacidad gestora con la que fuimos dotadas. Ayudadas por la ciencia y por mecanismos más naturales y menos cavilados, muchas parejas de lesbianas traen al mundo nuevos niños. Con lo anterior, sólo puedo llegar a la conclusión o de que mi teoría está totalmente equivocada o de que a la madre naturaleza le salió el tiro por la culata.
El caso es que aunque respeto la ilusión y los derechos de cada quien; no puedo menos que quejarme de la cabezonería y la terquedad (incluida la mía), además de la falta de solidaridad nuestra para con el planeta y con nuestra propia especie. Porque, señores y señoras, es increíble que, en un planeta que agoniza y en el que pululan niños cuyo futuro es si se quiere mucho más negro que su presente, nos empecinemos en la vanidad de traer al mundo un ser que se nos parezca o que nos calme esos deseos aprendidos desde muy pequeñas de sentirnos realizadas mediante la maternidad.
Al menos los gays, algunos de ellos que se han sumado al reto de ser padres, no tendrán en la mayoría de los casos, más opción que criar hijos de sangre ajena; pero que, seguramente, agradecerán igual o más que los hijos naturales que alguien haya decidido hacerse cargo de ellos.
No se me malinterprete, no es que considere que esté mal en sí mismo el hecho de conseguir hijos provenientes de nuestra propia tripa, es sólo que cuando miras las noticias y te das cuenta de que la naturaleza ha fulminado de un plumazo a cien mil de personas y deja huérfanos y desprotegidos a un buen número de los retoños de aquellos muertos, no puedes menos que pensar en lo egoísta que resulta el aferrarse a la opción de no tener hijos que no se hayan pasado nueve meses amarrados a nuestra placenta.
Prefiero al cierre de este artículo no seguir convirtiéndome en acérrima crítica de la maternidad tradicional (a la que también yo he deseado muchas veces), porque me resultará mucho más productivo dedicar estas últimas líneas a felicitar a aquellas y aquellos que han decidido brindarle a un niño huérfano la posibilidad de tener un hogar y crecer con todo la dignidad que por uno u otro motivo (voluntario o involuntario) sus padres no les pudieron dar.
Enhorabuena, sois tan padres y madres como aquella que me dio a luz!
Ariadna Woolf